De nuevo en Bosnia!

Esta maňana me he quedado muy triste al despedir a Bas para tres semanas! Ahora hace ya tiempo que no estamos tanto tiempo separados... en fin, que es por una buena causa, porque ya estoy en Bosnia de nuevo, dispuesta a acabar todo lo que necesito para escribir mi tesis...
La llegada al aeropuerto ha sido genial... sobre todo el taxista, a quien, sorpresa, sorpresa, le entendia!!! Tan entusiasmado estaba el hombre que me ha invitado a cenar, pero a pesar de estar aqui toda solitaria me he tenido que negar... Por cierto que este taxista es un fan de Los Serrano!
Bueno, os dejo que este teclado no invita a mucha floritura...
Besos

Glamour

No sé que es que no tengo suficiente glamour. Voy a una tienda, por ejemplo, y parece que sea invisible: no me atienden, si pido que me atiendan lo hacen a desgana… o si estoy en un bar y quiero pedir unas copas, tengo que esperar la de Dios, a cualquier otra persona la atienden antes que a mí, y yo parezco ser del color del papel de las paredes… (y ya sabéis lo que dijo Oscar Wilde justo antes de morir: “El papel de las paredes y yo estamos echando un duelo a muerte: uno de los dos tiene que desaparecer”). En fin. ¿Será que no tengo glamour?
Claro que eso del glamour hay que ganárselo. Por ejemplo, el otro día quedo a tomar una (o dos) con mi amiga Marina, que es una inglesa encantadora. Íbamos tan tranquilas dando un paseo por el Southbank, cuando de repente me dice que espere un momento y se va a hablar con un chico guapísimo, y bien acompañado, y lo primero que le oigo decir al chico es: ¿vas a venir a verme a mi obra? Resulta que es un actor de teatro muy famoso, y cuando nos enseña la publicidad de su obra yo me quedé patidifusa. Así que invita a Marina a su barbacoa, y patatín patatán todos felices… Marina me estaba explicando que este era un amigo de su infancia, que era un actor muy bueno, que siempre era muy atractivo porque siendo actor sabía como meterse a la gente en el bolsillo…
Luego nos sentamos en el Instituto Británico de Cine, y no llevábamos ahí ni un minuto cuando se acerca otro chico bastante guapo, también acompañado, y Marina me susurra: “creo que conozco a ese chico pero no sé de qué…”, pero demasiado tarde, el chico se acerca y los dos se abrazan entusiasmados. “ ¿Qué tal? ¿Qué tal?” y “ ¡Cómo me alegro de verte!” y todo eso… Marina le dice: “Hay que casualidad, me acabo de encontrar con un amigo justo delante de la puerta.” Y el otro le contesta: “Ay, sí, ¡el otro día sin ir más lejos me encontré con alguien que hizo conmigo mi primera serie de televisión!” O sea, que nos lo tenía que colar: que era actor, que estaba en la tele, que tenía glamour… Y todo eran sonrisas, y ser superguay, y cool, y cuanto se alegraba supermucho de todo lo maravilloso que pasaba a su alrededor… Y yo no podía dejar de sentirme terriblemente inconveniente, malamente vestida (me da la impresión que me visto como una adolescente a veces) y la idea de estar perdiéndome algo importante. Por lo menos a Marina le invitó a su fiesta… a mí no. A mí me quedó solo irme a mi casa, a la tranquilidad de mis tés mirando por la ventana, a mi trabajo en el que tan solo espero algún día ser capaz de decir algo importante sobre como conseguir una sociedad y un medio ambiente mejor, a mi amado novio y a mi familia que están ahí cuando les necesito, a mis amigos con los que tan solo compartimos largas tardes delante de una copa de vino, a esas tantas otras pequeñas cosas pero sin nada de glamour. ¡Qué pena! (¡Qué pena que me da él, claro!)

Listos

He tenido el honor de acomodar a mi prima Ruth por aquí diez diillas, mientras se aprendía un poco de inglés, y la cosa nos ha dado para mucho, desde dormirme en el Imax (jo, es que por muy tridimensionales que sean, los peces no dejan de ser eso, peces) a dormirme en el planetario (jo, es que con eso de ‘vamos a hacer un viaje a un agujero negro, pero al agujero no llegamos nunca, yo me dormí como si fuera en autobús). Entre otras cosas, nos dio para salir durante el fin de semana. El viernes se vinieron dos amigas del curro y nos fuimos las cuatro y Bas a ‘la disco’ de Woking. Allí, había de todo, un mercado de carne de toda variedad: desde enormes terneros hasta tiernas cordericas. Como dice Ruth: “Jo es que la cosa va rápida, van dos, se sientan, se ponen a hablar y antes de que te des cuenta ya se están morreando.”
El sábado, nos fuimos más tranquilos a comer a una pizzería/jazz club que hay en Londres, y donde las pizzas están realmente buenas. Teníamos enfrente una mesa larga, con unos diez sitios. Estábamos hablando cuando de repente vienen ocho maromos, bien peinados, bien revestidos y de todo. Yo de eso ya no tengo opinión (y menos con Bas al lado) pero Ruth me dijo entusiasmada que había varios guapísimos. Cual sería nuestra sorpresa cuando vienen detrás de ellos dos abuelas y se sientan con ellos. No sólo era curioso que hubiera ahí ocho chicos guapos de fiesta con dos abuelas, sino que además las abuelas no paraban de ligotear con ellos, incluso una de ellas se andaba dando besos en los labios con los que se dejaban. Yo la verdad que pienso que hay que ir más allá del cliché. ¿Por qué no pueden dos abuelas pasárselo bien con ocho chicos guapos? ¡Claro que pueden! A Ruth le tenían más intrigada y no dejaba de elucubrar las razones por las que semejante grupo habría venido a cenar a aquel sitio, y de aquella manera.
La cosa habría quedado así, una mera anécdota, si no hubiera sido porque al levantarnos para ir a pagar a la caja, vimos a la camarera salir corriendo. En la puerta del restaurante estaban las dos abuelas y uno de los chicos (que parecía más timidillo), y parecían estar negociando quien iba a pagar la comida. Volvimos la vista a la mesa larga: estaba vacía. ¡Los otros siete chicos se habían pirado sin pagar! Nosotros no somos de cotillear, así que seguimos nuestro camino fuera del restaurante. Una manzana más adelante nos reconocimos a uno de los que se había marchado corriendo, hablando por el móvil. El chico decía: “Si, mira a ver si me he dejado una chaqueta, me la he dejado allí en la silla…” Y luego le oí decir: “Bueno, luego te doy yo la mitad del dinero si hace falta…” Ruth me dijo: “ ¿Lo ves? ¿Ves cómo tenía yo razón? ¿Ves que había algo raro en el grupo ese?” Y yo pensé para mí en aquel pobre chico, que se sintió responsable por aquellas abuelas, y creyó que no se merecían salir corriendo detrás de los otros. ¿O quizá fue el único que la camarera pudo atrapar?